EL PROFESOR IDEAL
Casi todo el mundo que se quiere dedicar a la profesión docente tiene una visión de cuáles deberían ser las características de todo
buen profesor. La visión idealizada de un profesor proviene en muchos casos de
nuestra larga trayectoria como estudiantes. En un momento dado de nuestras
vidas, conocemos a un profesor cuya forma de impartir clase sencillamente nos
encanta, y pensamos que así debería ser el profesor ideal. Esta visión que
creamos sobre esa persona es totalmente subjetiva. Lo que ocurre es que su
forma de impartir las clases, su método de enseñanza, encaja perfectamente con
nuestra forma de comprender el conocimiento, nuestro método de aprendizaje, y
es por ello que pensamos que ese es el mejor profesor del mundo. De hecho puede
ocurrir que su forma de impartir clase, que a título personal nos parece
maravillosa, a otros sencillamente les puede parecer inaguantable.
Con todo esto, quiero transmitir la idea de que no existe un
profesor universal perfecto para todos los alumnos. No obstante, al margen de
todo ello, también es verdad que algunos profesores consiguen tener una buena
opinión de la mayoría de los alumnos que han pasado por sus manos a la largo de
su trayectoria como docente, mientras que otros consiguen el efecto contrario. De
esto se deduce que, en líneas generales, se puede intuir que si hay unas pautas
globales que pueden hacer que uno sea visto como un buen profesor, más allá de
las opiniones individuales de algunos alumnos.
Personalmente no he tenido esa perspectiva de ningún docente,
no he conocido mi “profesor ideal”, aunque si he conocido buenos profesores, o
al menos, lo que yo considere en cada momento de mi vida estudiantil como tal. Pero
al igual que nos fijamos en lo bueno también lo hacemos en lo malo. Es verdad
que no he conocido demasiados “profesores buenos”, aunque por desgracia sí que
he me cruzado con lo que yo podría definir como “malos profesores”. Sobre estos
últimos, tengo una especial valoración negativa de los profesores universitarios.
La observación de estos docentes en sus clases, produjo una visión reveladora
de lo que no debía hacer si algún día llegaba a ejercer como profesor. Consideró
que los que quisieran ser profesores de universidad también deberían instruirse
pedagógicamente, los cuales necesitan esa formación igual o más que el resto de
individuos que aspiramos a ser docentes en los diferentes niveles de nuestro
sistema educativo.
A mi entender, algunos de estos individuos que se hacen
llamar profesores, en esa institución tan importante que es la Universidad, en
muchos casos, parecen estar mucho más preocupados de sus investigaciones y
proyectos en sus respectivos departamentos, que de ser buenos profesores, los
cuales ven la docencia como un castigo, una imposición que tienen que
compaginar con el resto de sus obligaciones. Realmente los profesores
universitarios, que en la gran mayoría de casos son Doctores, tienen un vasto
conocimiento sobre su materia, eso es incuestionable, no obstante, pienso que
no es mejor profesor el que más sabe, sino el que mejor sabe transmitir el
conocimiento que posee. Era ominoso, contemplar desde mi posición como alumno,
como mi profesor de matemáticas en la Universidad llegaba y se iba de clase sin
intercalar ni una sola palabra con ninguno de sus alumnos. Finalizar una sesión
de una o dos horas, y pronunciar las palabras, “¿alguna duda?”, casi por
obligación, como quién cumple con un ritual, para posteriormente recoger sus notas
y marcharse. Ciertamente, la mayoría de alumnos allí presentes no teníamos
dudas, ya que para llegar a ese punto se ha tenido que comprender, al menos,
parte de lo impartido. La clase de este profesor consistía principalmente en
llenar la pizarra de números y más números, intercalando esta tarea con algún
comentario. Todo ello para que nosotros como alumnos copiásemos todo ese
amasijo de números en nuestros cuadernos, y comprobáramos el gran conocimiento
que nuestro profesor albergaba. Sinceramente, es triste decirlo, pero la clase
consistía realmente en copiar la información de su cuaderno al nuestro, usando
como instrumento intermedio la pizarra. Ni siquiera había un mínimo de tiempo
para comprender lo que de forma incesante plasmabas con tu bolígrafo en el
papel. De hecho, hubo más de una clase en que mis apuntes quedaron incompletos,
ya que no todos podíamos seguir el ritmo de baile que mantenía con su
compañera, me refiero a la pizarra. Este peculiar baile, en muchos casos, lo
realizaba con una tiza en su mano derecha y el borrador en la izquierda. Valía
la pena ir a clase para contemplar el espectáculo con el que el profesor nos
deleitaba, esa sincronización a la hora de crear, y a su vez, destruir hileras
de números de forma simultánea, que tan rápido aparecían como se iban.
No obstante, este profesor fue uno más de tantos “malos
profesores” que conocí en mi época universitaria, que
sin tan curioso baile, repetían el mismo proceso de divulgadores de
conocimiento más que de profesores. Dicho esto, las sesiones teóricas siempre
consistían en clases magistrales donde el profesor, apoyándose en la pizarra o
en una presentación de PowerPoint, se dedicaba a hablar continuamente,
relevando el papel del alumno a un mero espectador, que en algunos casos se
veía en la obligación de tomar apuntes. En mi caso, consideraba a las clases
como la fuente de conocimiento a la que había que recurrir, para saber qué tipo
de preguntas te podías encontrar en la prueba escrita, no un tiempo en el cual
ibas a aprender. Realmente en algunas asignaturas llegó a ser una utopía el
llegar a aprender algo durante la clase. Es por ello que me tuve que convertir
en autodidacta, algo que no recomiendo a nadie si puede evitarlo. Tras las
clases, me dirigía a la biblioteca a intentar comprender lo que había en mis
apuntes, algo que evidentemente no siempre conseguía. Allí, sentado en la
soledad y el silencio que sólo una biblioteca te concede, me hallaba frente a
un montoncito de folios apilados con números, fórmulas, reacciones y texto por
descifrar, como si fuera un egiptólogo que descubre unos extraños jeroglíficos
escritos en un papiro de hace miles de años. Ante tal situación, reconozco que
el estupor inicial era muy grande, así como el desasosiego de enfrentarme ante
tales apuntes. No obstante, con ayuda de los libros de la biblioteca, mucha
paciencia y alguna tutoría siempre se lograba sacar adelante cualquier
asignatura, más tarde o más temprano, pese al método de enseñanza que seguían
estos profesores en sus clases. Sacar una asignatura adelante significaba que
un buen día te presentabas a una prueba escrita, en la cual tenías que obtener
una calificación mínima de cinco sobre diez si querías aprobarla. Por lo visto,
este debía ser el único método de evaluación que conocían por entonces la gran
mayoría de mis profesores universitarios. La evaluación de la asignatura
pertinente, que era lo mismo que decir la prueba escrita, era como una partida
de póker. Si tenías suerte y conseguías hacer una escalera de color aprobabas y
si no tenías que comprar más fichas para la siguiente convocatoria. Realmente
la suerte era un factor claramente determinante en este tipo de pruebas
escritas.
Y es el que conocimiento que se posee de cara a la prueba
escrita, obviamente es importante, pero también influyen otras variables como
el estado anímico, físico o mental en el que te encuentras. Se puede dar la
situación en la que uno por circunstancias personales no pueda asistir a dicha
prueba o que no esté en las mejores condiciones para hacerla, por ejemplo, estar
enfermo entre otras muchas posibles situaciones. Pero al ser la única
oportunidad de evaluarte, si no podías asistir a la misma, acababas por no
promocionar la asignatura. Aunque para ser justo, cabría decir que las partidas
de póker que te dejaban jugar eran dos por matrícula. No obstante, este era el
sistema instaurado y había que aceptarlo, cuando podían haber planteado otros
sistemas, donde la evaluación es continua y
formativa, no sumativa. Con ello, recalco la importancia de que los profesores
universitarios tengan una formación pedagógica al igual que el resto de
docentes que se hallan en los otros niveles educativos, para que habrán su
mente y tengan en cuenta otras formas de entender la docencia.
Al margen de estos profesores, que como se ha visto no generaban
la mejor de mis opiniones, no sería justo decir que todos eran iguales. También
había algunos buenos profesores en ese mar de "malos profesores", que
curiosamente si mostraban interés por la actividad docente. Las características
que hacían a estos profesores distintos al resto son previsibles, fomento de
una mayor participación de los alumnos durante la clase, una actitud más cercana
que facilitaba el trato profesor-alumno y inclusión de ejercicios y/o trabajos
evaluables, además de la prueba escrita. Por lo visto, en la "Biblia"
docente, en alguno de sus versículos, debe establecer algo parecido a esto, "bajo ningún concepto repudiarás de la prueba
escrita para evaluar a tus alumnos". Estos profesores, tenían el
detalle de evaluarte de forma continua a lo largo del cuatrimestre o de todo el
curso lectivo, y lo más importante, mostraban interés por qué aprendieras, algo
que increíblemente a veces sucedía, al menos con parte de los contenidos que
impartían.
En base a estas experiencias, llegue a pensar que la carrera
universitaria que curse (Ingeniería Técnica Industrial), al igual que otras, se
parecía más a una prueba de obstáculos que a un proceso formativo, donde los obstáculos
eran las pruebas escritas en las cuales algunos compañeros se quedaban
atrapados, los cuales no volvías a ver dado que desistían de seguir en dicha
carrera. Un proceso de criba, que limitaba el número de individuos que podían
obtener esta titulación, donde el alumno era el enemigo a batir y al cual no se
le podía dar tregua.
En definitiva, atendiendo a mi vida estudiantil más
reciente, es imposible que yo encuentre en mis recuerdos la figura del profesor
ideal, aunque sinceramente no creo que exista tal figura, como mucho puede
existir la idealización de un buen profesor. Pero si se me preguntarán cuales son
las principales características que debería tener un buen profesor, diría que
tendría que ser alguien interesado por la materia que imparte, que motive a sus
alumnos constantemente creando para ello interés por la asignatura, alguien organizado,
conciso, paciente y que sepa dar ejemplos clarificadores que ayuden a una mayor
compresión de los contenidos. Pero más importante que todas estas
características, la clave de un buen profesor es que se preocupe por sus
alumnos y que realmente muestre interés por que aprendan.
J.L.
J.L.
