EL PROFESOR IDEAL

viernes, 25 de mayo de 2012 2:46 By Foton

Casi todo el mundo que se quiere dedicar a la profesión docente tiene una visión de cuáles deberían ser las características de todo buen profesor. La visión idealizada de un profesor proviene en muchos casos de nuestra larga trayectoria como estudiantes. En un momento dado de nuestras vidas, conocemos a un profesor cuya forma de impartir clase sencillamente nos encanta, y pensamos que así debería ser el profesor ideal. Esta visión que creamos sobre esa persona es totalmente subjetiva. Lo que ocurre es que su forma de impartir las clases, su método de enseñanza, encaja perfectamente con nuestra forma de comprender el conocimiento, nuestro método de aprendizaje, y es por ello que pensamos que ese es el mejor profesor del mundo. De hecho puede ocurrir que su forma de impartir clase, que a título personal nos parece maravillosa, a otros sencillamente les puede parecer inaguantable. 

Con todo esto, quiero transmitir la idea de que no existe un profesor universal perfecto para todos los alumnos. No obstante, al margen de todo ello, también es verdad que algunos profesores consiguen tener una buena opinión de la mayoría de los alumnos que han pasado por sus manos a la largo de su trayectoria como docente, mientras que otros consiguen el efecto contrario. De esto se deduce que, en líneas generales, se puede intuir que si hay unas pautas globales que pueden hacer que uno sea visto como un buen profesor, más allá de las opiniones individuales de algunos alumnos.
Personalmente no he tenido esa perspectiva de ningún docente, no he conocido mi “profesor ideal”, aunque si he conocido buenos profesores, o al menos, lo que yo considere en cada momento de mi vida estudiantil como tal. Pero al igual que nos fijamos en lo bueno también lo hacemos en lo malo. Es verdad que no he conocido demasiados “profesores buenos”, aunque por desgracia sí que he me cruzado con lo que yo podría definir como “malos profesores”. Sobre estos últimos, tengo una especial valoración negativa de los profesores universitarios. La observación de estos docentes en sus clases, produjo una visión reveladora de lo que no debía hacer si algún día llegaba a ejercer como profesor. Consideró que los que quisieran ser profesores de universidad también deberían instruirse pedagógicamente, los cuales necesitan esa formación igual o más que el resto de individuos que aspiramos a ser docentes en los diferentes niveles de nuestro sistema educativo. 

A mi entender, algunos de estos individuos que se hacen llamar profesores, en esa institución tan importante que es la Universidad, en muchos casos, parecen estar mucho más preocupados de sus investigaciones y proyectos en sus respectivos departamentos, que de ser buenos profesores, los cuales ven la docencia como un castigo, una imposición que tienen que compaginar con el resto de sus obligaciones. Realmente los profesores universitarios, que en la gran mayoría de casos son Doctores, tienen un vasto conocimiento sobre su materia, eso es incuestionable, no obstante, pienso que no es mejor profesor el que más sabe, sino el que mejor sabe transmitir el conocimiento que posee. Era ominoso, contemplar desde mi posición como alumno, como mi profesor de matemáticas en la Universidad llegaba y se iba de clase sin intercalar ni una sola palabra con ninguno de sus alumnos. Finalizar una sesión de una o dos horas, y pronunciar las palabras, “¿alguna duda?”, casi por obligación, como quién cumple con un ritual, para posteriormente recoger sus notas y marcharse. Ciertamente, la mayoría de alumnos allí presentes no teníamos dudas, ya que para llegar a ese punto se ha tenido que comprender, al menos, parte de lo impartido. La clase de este profesor consistía principalmente en llenar la pizarra de números y más números, intercalando esta tarea con algún comentario. Todo ello para que nosotros como alumnos copiásemos todo ese amasijo de números en nuestros cuadernos, y comprobáramos el gran conocimiento que nuestro profesor albergaba. Sinceramente, es triste decirlo, pero la clase consistía realmente en copiar la información de su cuaderno al nuestro, usando como instrumento intermedio la pizarra. Ni siquiera había un mínimo de tiempo para comprender lo que de forma incesante plasmabas con tu bolígrafo en el papel. De hecho, hubo más de una clase en que mis apuntes quedaron incompletos, ya que no todos podíamos seguir el ritmo de baile que mantenía con su compañera, me refiero a la pizarra. Este peculiar baile, en muchos casos, lo realizaba con una tiza en su mano derecha y el borrador en la izquierda. Valía la pena ir a clase para contemplar el espectáculo con el que el profesor nos deleitaba, esa sincronización a la hora de crear, y a su vez, destruir hileras de números de forma simultánea, que tan rápido aparecían como se iban.

No obstante, este profesor fue uno más de tantos “malos profesores” que conocí en mi época universitaria, que sin tan curioso baile, repetían el mismo proceso de divulgadores de conocimiento más que de profesores. Dicho esto, las sesiones teóricas siempre consistían en clases magistrales donde el profesor, apoyándose en la pizarra o en una presentación de PowerPoint, se dedicaba a hablar continuamente, relevando el papel del alumno a un mero espectador, que en algunos casos se veía en la obligación de tomar apuntes. En mi caso, consideraba a las clases como la fuente de conocimiento a la que había que recurrir, para saber qué tipo de preguntas te podías encontrar en la prueba escrita, no un tiempo en el cual ibas a aprender. Realmente en algunas asignaturas llegó a ser una utopía el llegar a aprender algo durante la clase. Es por ello que me tuve que convertir en autodidacta, algo que no recomiendo a nadie si puede evitarlo. Tras las clases, me dirigía a la biblioteca a intentar comprender lo que había en mis apuntes, algo que evidentemente no siempre conseguía. Allí, sentado en la soledad y el silencio que sólo una biblioteca te concede, me hallaba frente a un montoncito de folios apilados con números, fórmulas, reacciones y texto por descifrar, como si fuera un egiptólogo que descubre unos extraños jeroglíficos escritos en un papiro de hace miles de años. Ante tal situación, reconozco que el estupor inicial era muy grande, así como el desasosiego de enfrentarme ante tales apuntes. No obstante, con ayuda de los libros de la biblioteca, mucha paciencia y alguna tutoría siempre se lograba sacar adelante cualquier asignatura, más tarde o más temprano, pese al método de enseñanza que seguían estos profesores en sus clases. Sacar una asignatura adelante significaba que un buen día te presentabas a una prueba escrita, en la cual tenías que obtener una calificación mínima de cinco sobre diez si querías aprobarla. Por lo visto, este debía ser el único método de evaluación que conocían por entonces la gran mayoría de mis profesores universitarios. La evaluación de la asignatura pertinente, que era lo mismo que decir la prueba escrita, era como una partida de póker. Si tenías suerte y conseguías hacer una escalera de color aprobabas y si no tenías que comprar más fichas para la siguiente convocatoria. Realmente la suerte era un factor claramente determinante en este tipo de pruebas escritas.

Y es el que conocimiento que se posee de cara a la prueba escrita, obviamente es importante, pero también influyen otras variables como el estado anímico, físico o mental en el que te encuentras. Se puede dar la situación en la que uno por circunstancias personales no pueda asistir a dicha prueba o que no esté en las mejores condiciones para hacerla, por ejemplo, estar enfermo entre otras muchas posibles situaciones. Pero al ser la única oportunidad de evaluarte, si no podías asistir a la misma, acababas por no promocionar la asignatura. Aunque para ser justo, cabría decir que las partidas de póker que te dejaban jugar eran dos por matrícula. No obstante, este era el sistema instaurado y había que aceptarlo, cuando podían haber planteado otros sistemas, donde la evaluación es continua y formativa, no sumativa. Con ello, recalco la importancia de que los profesores universitarios tengan una formación pedagógica al igual que el resto de docentes que se hallan en los otros niveles educativos, para que habrán su mente y tengan en cuenta otras formas de entender la docencia.

Al margen de estos profesores, que como se ha visto no generaban la mejor de mis opiniones, no sería justo decir que todos eran iguales. También había algunos buenos profesores en ese mar de "malos profesores", que curiosamente si mostraban interés por la actividad docente. Las características que hacían a estos profesores distintos al resto son previsibles, fomento de una mayor participación de los alumnos durante la clase, una actitud más cercana que facilitaba el trato profesor-alumno y inclusión de ejercicios y/o trabajos evaluables, además de la prueba escrita. Por lo visto, en la "Biblia" docente, en alguno de sus versículos, debe establecer algo parecido a esto, "bajo ningún concepto repudiarás de la prueba escrita para evaluar a tus alumnos". Estos profesores, tenían el detalle de evaluarte de forma continua a lo largo del cuatrimestre o de todo el curso lectivo, y lo más importante, mostraban interés por qué aprendieras, algo que increíblemente a veces sucedía, al menos con parte de los contenidos que impartían.
En base a estas experiencias, llegue a pensar que la carrera universitaria que curse (Ingeniería Técnica Industrial), al igual que otras, se parecía más a una prueba de obstáculos que a un proceso formativo, donde los obstáculos eran las pruebas escritas en las cuales algunos compañeros se quedaban atrapados, los cuales no volvías a ver dado que desistían de seguir en dicha carrera. Un proceso de criba, que limitaba el número de individuos que podían obtener esta titulación, donde el alumno era el enemigo a batir y al cual no se le podía dar tregua.

En definitiva, atendiendo a mi vida estudiantil más reciente, es imposible que yo encuentre en mis recuerdos la figura del profesor ideal, aunque sinceramente no creo que exista tal figura, como mucho puede existir la idealización de un buen profesor. Pero si se me preguntarán cuales son las principales características que debería tener un buen profesor, diría que tendría que ser alguien interesado por la materia que imparte, que motive a sus alumnos constantemente creando para ello interés por la asignatura, alguien organizado, conciso, paciente y que sepa dar ejemplos clarificadores que ayuden a una mayor compresión de los contenidos. Pero más importante que todas estas características, la clave de un buen profesor es que se preocupe por sus alumnos y que realmente muestre interés por que aprendan.
J.L.